lunes, 11 de marzo de 2013

Kara

El consejero

En los últimos meses mi mujer y yo nos sentíamos cada vez más distanciados. Diez años de matrimonio habían acabado con nuestra pasión y con la alegría de compartir cada segundo de nuestras vidas. Lo que en otro tiempo fueron cenas a la luz de las velas y conversaciones hasta el amanecer salpicadas con arrebatos de pasión, se habían transformado en sándwiches de jamón y queso iluminados por el resplandor del televisor y serenatas de ronquidos en do mayor. Siempre he sido un luchador y no podía permitir que nuestra convivencia languideciera sin ninguna oposición por nuestra parte, así que decidí tomar la iniciativa y hablar con ella. Tardé algún tiempo en poder hacerlo, porque cuando no estaba hablando con una amiga por teléfono, ponían el partido del siglo en la televisión. Al fin encontramos el momento y le manifesté mis inquietudes. Ella estaba totalmente de acuerdo y decidimos acudir a un consejero matrimonial. Buscamos un hueco entre sus clases de pádel, mis reuniones de la peña de fútbol, sus tardes de chicas y mis jornadas de póker. Mes y medio más tarde conseguimos coincidir en la consulta del asesor. El diagnóstico fue inapelable: no nos interesaba lo más mínimo la vida del otro. Era nuestra opción romper nuestro matrimonio o intentar encontrar algo que nos motivara a seguir juntos. Mi mujer pensaba que lo mejor era separar nuestros caminos en ese mismo momento. Yo también intuí que era la mejor opción, más aún cuando aquella noche coincidían en televisión el partido definitivo en la lucha por el undécimo puesto de la liga de fútbol de Timor Oriental y la entrevista en exclusiva con la ex novia del marido de la hermana del primer expulsado de la última edición de Gran Hermano. Pero por doscientos euros la consulta, no estaba dispuesto a irme sin hacerle gastar al menos un cuarto de hora de su tiempo, así que voté por recuperar la llama del amor y que aquel hombre nos desvelara su receta mágica. Nos recomendó que compartiéramos nuestras aficiones y tratáramos de involucrarnos el uno con el otro en nuestras actividades. A los dos nos pareció una idea horrible, pero aceptamos ambos, porque ninguno quería ser el causante de la ruptura. Eso sí, sería a partir del día siguiente, por nada del mundo renunciaríamos a nuestra cita de esa noche en televisores separados. La segunda línea de actuación marcada por el consejero era mejorar nuestra vida sexual en común. Nos explicó que los años de convivencia hacían caer en la monotonía y el hastío las relaciones sexuales de las parejas. Tuve que darle la razón. No hay nada tan monótono en el sexo en pareja como su ausencia. Nos recomendó que para recuperar la chispa tratáramos de innovar. Tantos años de convivencia me hicieron interpretar el pequeño movimiento de los labios faciales de mi mujer como un gesto inequívoco de repulsión a la idea. La convencí de que una mejora de nuestra vida sexual era excesivamente fácil de conseguir. Accedió, pero siempre que agotáramos antes la primera propuesta. El día siguiente, después de nuestras sesiones televisivas individuales –por cierto, ¡qué partidazo! Empate a cero, pero todo un partidazo- comenzamos nuestro asalto a nuestra última oportunidad de salvar nuestro matrimonio. Esa tarde era mi reunión de póker. Le enseñé las reglas sin muchas esperanzas y le aconsejé que cuando perdiera diez euros se retirara y observara, que no se picara e intentara recuperarlo. No se picó, no le hizo falta. En media hora nos había desplumado a mí y a mis amigos, que sí nos picamos. Me dejaron bien claro que no querían que volviera a parecer con ella. Al día siguiente era su turno y por desgracia tocaba tarde de chicas. Les explicó a sus amigas el por qué de mi presencia y aceptaron de mala gana, coincidiendo todas ella en que lo mejor era no haber hecho ningún esfuerzo. Fuimos a una cafetería con una decoración muy moderna y sin televisor. De locos. Comenzaron a hablar de libros y continuaron comentando las últimas noticias. Interrumpí su conversación y les dije que no variaran lo que hicieran normalmente por mi presencia, que yo me adaptaría, que podían hablar de ropa, tiendas, dietas y despellejar a las que no habían ido o cualquier otra de las estupideces que acostumbraran hacer. Me insultaron. Nunca pensé que tantas palabrotas pudieran salir de la boca de una mujer. Después de la experiencia, mi mujer me dijo que era inútil encontrar una unión en nuestras aficiones y que, aunque nunca pensara que llegaría a decirlo, nuestra única esperanza era la vía sexual. Era un suicidio, pero ninguno de los dos quería negarse y ser el culpable de nuestra ruptura, así que acordamos buscar la innovación en nuestra vida sexual como última opción. Mano de santo. Nuestras aficiones continuaban por derroteros distintos, pero volvimos a sonreír y sentirnos más cercanos. Incluso hablábamos. A todo el que me dice que me ve más feliz e incluso más joven, le confieso el secreto: innovar en la vida sexual. Y a los indiscretos que quieren saber cómo, se lo explico: “Sencillo, mi mujer se buscó un amante y yo cambié de mano”.

Jorge Moreno

sábado, 9 de marzo de 2013

martes, 5 de marzo de 2013

Historia de un beso

-Dame un beso. -Sí, claro –respondió ella simultáneamente a que sus mejillas enrojecieran-. ¿Y qué más? -No sé, ¿qué propones? Ella miró hacia la arena sin saber que decir y sintiendo el ardor en su cara. Una ola tapó sus pies y le devolvió el habla. -¿Y por qué debería dártelo? -Porque estás deseando. -¡Serás creído! –replicó ofendida. -¿Ah no? Y entonces, ¿por qué te has quedado conmigo en la playa por la tarde y no te has ido con los demás? -Porque me gusta la playa… Y ¿qué pasa? ¿Qué toda la gente que sigue en la playa no se van para que les beses? -Todos no, pero tú sí. Y aquella de allí también -respondió el dirigiendo la mirada a una chica en topless. -Tú eres tonto -dijo acelerando el paso y dejándole atrás. Lo que más la molestaba era el acierto de él. Soñaba con que se quedaran solos en la playa, con pasear juntos por la arena, sintiendo la brisa del mar, las olas jugando con sus pies y culminar su sueño con un beso de él. -Lucía, espera, no te enfades. Corrió hacia ella y se puso delante interrumpiendo su camino. Le sujetó la cara con sus manos y enfrentó sus ojos a los de ella. -Perdóname. A mi solo me gustas tú. No le creía, pero no pudo evitar sentir un estremecimiento dentro de sí. -Venga, dame un beso. Estaba nerviosa y asustada. No había nada que deseara más, pero no quería que fuese así. Dijo lo primero que se le ocurrió. -¿Y si no me gusta? Él no se lo podía creer. Todo el verano detrás de ella, haciéndose su amigo, esperando el momento. Estaba convencido que a ella le gustaba y no podía entender por qué se resistía tanto. -Vale, vale. Hacemos una cosa: Te doy un beso y si no te gusta me lo devuelves. -¡Sí claro, qué listo! Una ráfaga de aire soltó un mechón de pelo de ella y lo lanzó hacia su cara. Él lo siguió con la mirada, recorriendo sus ojos claros todavía llenos de la ingenuidad de la niña que ya no era, su nariz respingona, irresistible, que había querido día a día llenar de besos, y sus labios dulces, tiernos, tan deseados. Y después siguió cómo la mano de ella lo devolvía a su cabeza, rozando con sus dedos todos los objetos de su deseo. Él bajó la mirada hacia la arena y luego la levantó recorriendo la playa para cerciorarse que seguía en este mundo y que el tiempo no se había parado. Quedaba poca gente, pero se movían. Volvió a buscar sus ojos. -Oye Lucía. No sé si quieres besarme o no, solo sé que todo lo que yo deseo ahora mismo es acariciar tus labios con los míos, que no puedo pensar en otra cosa, que esta playa maravillosa será para mi el lugar que más odio si no lo consigo, que no me importa que por decírtelo no me vuelvas a hablar, porque si no te beso, creo que me muero. Ella acercó sus labios a los de él. Estaba nerviosa. Sentía sus labios secos. Le aterrorizaba que él notara que era su primer beso. Al fin sus labios se encontraron. Se relajaron y sintieron como las dudas dejaban paso al instinto y sus lenguas se rozaron. Pasó un segundo o cientos. Se separaron y volvieron a mirarse para ver como sus ojos sonreían. El volvió a acercarse con intención de repetir, pero ella frenó sus labios con el dedo índice, se dio media vuelta y empezó a andar. -Pero… pero… Lucía… ¿qué haces? Ella se giró sonriendo, con ojos pícaros. -Es que no quiero devolvértelo.

Jorge Moreno

lunes, 4 de marzo de 2013

domingo, 3 de marzo de 2013

viernes, 1 de marzo de 2013

Folksongs & Ballads

La decisión

En el último segundo decidí frenar y detener el coche en el paso de peatones. Tenía ganas de llegar a casa y abrazar a mi chica, pero después de todo el día fuera, un minuto más o menos tampoco era importante. Sonreí, mientras una anciana cruzaba ante mi coche, como si aquel gesto fuese mi buena acción del día que sería recompensada. Emprendí la marcha pero me detuve unos metros después en un semáforo que acababa de cambiar a rojo. La luz verde me dio paso hasta la siguiente calle en la que la salida de un colegio me detuvo de nuevo. Precisamente aquel día que había conseguido salir antes del trabajo, parecía que todo se interponía para poder ver a mi amada. Llegué al garaje y aparqué. Al abrirse las puertas del ascensor salió el vecino del quinto. No es mala gente, tan solo un poco pesado. Después de enseñarme las fotos de sus nietos y de exponerme el problema de las tuberías del agua, conseguí escabullirme y subir hasta mi piso. Giré la llave de la puerta para sorprender a mi mujer en ropa interior, algo azorada. Me abrazó y me dijo que me estaba preparando una sorpresa. Hicimos el amor con una pasión que creí ya olvidada y supe que mi buena acción al detenerme en el paso de peatones, había sido recompensada.


— Vi a una anciana que iba a cruzar el paso de peatones y aceleré. Para un día que conseguía salir antes de trabajar no pensaba perder ni un segundo para ver a mi mujer. La anciana levantó el bastón en el que se apoyaba y creo que dijo algo, pero seguí adelante pasando el siguiente semáforo antes que cambiara a ámbar. Un hombre con chaleco amarillo y una señal de stop se acercaba al siguiente paso de peatones, seguido por una legión de niños. Apuré aún más y les dejé atrás. Aparqué en el garaje y esperé el ascensor. El indicador del piso marcaba 5 y pese a mi insistencia presionando el botón, no variaba. Seguro que era el brasas del quinto con la puerta abierta torturando a alguien. Pues a mí no me iba a pillar. Subí corriendo las escaleras y abrí la puerta de mi casa. Encontré a mi mujer desnuda en nuestra habitación, tan solo cubierta por el cuerpo de un desconocido sobre ella y no sé por qué, al abrir la boca solo pude decir: —Me cago en las prisas.

Jorge Moreno

La sabiduría de la naturaleza

Tiempo atrás, yo era vecino de un médico, cuyo "hobby" era plantar arboles en el enorme patio de su casa. A veces observaba, desde mi ventana, su esfuerzo por plantar árboles y más árboles, todos los días. Lo que más llamaba mi atención, entretanto, era el hecho de que él jamás regaba los brotes que plantaba. Pasé a notar, después de algún tiempo, que sus árboles estaban demorando mucho en crecer. Cierto día, resolví entonces aproximarme al médico y le pregunté si él no tenía recelo de que las plantas no crecieran, pues percibía que él nunca las regaba. Fue cuando, con un aire orgulloso, él me describió su fantástica teoría. Me dijo que, si regase sus plantas, las raíces se acomodarían en la superficie y quedarían siempre esperando por el agua fácil, que venía de encima. Como él no las regaba, los árboles demorarían más para crecer, pero sus raíces tenderían a migrar hacia lo más profundo, en busca del agua y de los variados nutrientes encontrados en las capas más inferiores del suelo. Así, según el, los árboles tendrían raíces profundas y serían más resistentes a las intemperies. Y agrego que él frecuentemente daba unas palmadas en sus árboles, con un diario doblado, y que hacía eso para que se mantuvieran siempre despiertas y atentas. Esa fue la única conversación que tuvimos con mi vecino. Tiempo después fui a vivir a otro país, y nunca más volví a verlo. Varios años después, al retornar del exterior, fui a dar una mirada a mi antigua residencia. Al aproximarme, noté un bosque que no había antes. ¡Mi antiguo vecino, había realizado su sueño!. Lo curioso es que aquel era un día de un viento muy fuerte y helado, en que los árboles de la calle estaban arqueados, como si no estuviesen resistiendo al rigor del invierno. Entretanto, al aproximarme al patio del médico, noté cómo estaban sólidos sus árboles: prácticamente no se movían, resistiendo estoicamente aquel fuerte viento. Qué efecto curioso, pensé... Las adversidades por las cuales aquellos árboles habían pasado, llevando palmaditas y habiendo sido privados de agua, parecía que los había beneficiado de un modo que el confort y el tratamiento más fácil jamás lo habrían conseguido. Todas las noches, antes de ir a acostarme, doy siempre una mirada a mis hijos. Observo atentamente sus camas y veo cómo ellos han crecido. Frecuentemente rezo por ellos. En la mayoría de las veces, pido para que sus vidas sean fáciles, para que no sufran las dificultades y agresiones de éste mundo... He pensado, entretanto, que es hora de cambiar mis ruegos. Ese cambio tiene que ver con el hecho de que es inevitable que los vientos helados y fuertes nos alcancen. Sé que ellos encontrarán innumerables dificultades y que, por tanto, mis deseos de que las dificultades no ocurran, han sido muy ingenuos. Siempre habrá una tempestad en algún momento de nuestras vidas, porque, queramos o no, la vida no es muy fácil. Al contrario de lo que siempre he hecho, pasaré a rezar para que mis hijos crezcan con raíces profundas, de tal forma que puedan retirar energía de las mejores fuentes, de las más divinas, que se encuentran siempre en los lugares más difíciles. Pedimos siempre tener facilidades, pero en verdad lo que necesitamos hacer es pedir para desenvolver raíces fuertes y profundas, de tal modo que cuando las tempestades lleguen y los vientos helados soplen, resistamos bravamente, en vez de que seamos subyugados y barridos. La naturaleza nos enseña muchas cosas si las sabemos ver...